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La paradoja del emprendimiento uruguayo: ¿Narrativa de lujo o síntoma?

Mientras hablamos de innovación y ecosistemas tech, 9.000 jóvenes uruguayos emigran anualmente. El relato del emprendimiento beneficia solo a quienes ya tienen recursos. ¿Qué falta para que la estabilidad laboral deje de ser un lujo?

En los últimos años, Uruguay ha construido una identidad sofisticada: la del país donde el emprendimiento tecnológico es, casi, cosa de todos los días. Coworkings que compiten con los de grandes ciudades, eventos tech frecuentes, aceleradoras que prometen escalar startups de impacto global. El relato es potente. Es el relato que nos dice que aquí innovamos, que existe un ecosistema, que los jóvenes tienen futuro sin necesidad de irse.

El problema es que, mientras decimos todo esto, los jóvenes se van igual.

Los números son claros y desmoralizantes. Según el último informe del INE, la emigración de uruguayos menores de 35 años no solo no bajó en la última década: se aceleró. En 2015, salían unos 6.000 jóvenes al año. Hoy estamos cerca de los 9.000. Eso significa que, mientras nos reunimos en esos coworkings con aire acondicionado para hablar de disrupción, afuera de esa “burbuja”, mucha gente está armando las valijas. No para hacer un emprendimiento exitoso: para no quedarse varado en un país que ya decidió dejarlos ir.

¿Qué está pasando acá?

Lo que está pasando es que el relato del emprendimiento uruguayo tecnológico es, en su mayor parte, un lujo de clase media-alta que logró monetizarse. Es el relato de quienes tienen ya un colchón de ahorros, conexiones familiares, un título universitario o una red de inversores que los banca mientras “prueban”. Para ellos, sí, el ecosistema existe. Pueden pivotar sin despeinarse, y el sistema los contempla. A veces, hasta los aplaude.

Pero ese relato no es reflejo de lo que necesita la mayoría de los jóvenes uruguayos: empleos estables, salarios que contemplen el costo de vida, perspectivas de ahorro para un hogar propio. Los emprendimientos generan empleo, claro. Pero, primero, tienen que sobrevivir hasta ese “sweet spot” donde pueden comenzar a generarlo. Un joven que se anima a comenzar una startup debe aceptar que puede pasar meses sin, en el mejor de los casos, ganar nada; y, en el peor, ir a pérdida. ¿Quién se arriesga a eso cuando el salario mínimo no cubre ni el alquiler?

La paradoja es esta: cuanto más hablamos de emprendimiento, más nos alejamos de entender qué es lo que la gente realmente necesita. No es innovación de lujo. Es estabilidad laboral. Es que los salarios reales dejen de caer. Es que haya oportunidades por fuera del “circuito de startups” que lleguen a todos, no solo a quienes pueden permitirse fallar sin hundirse.

Mientras tanto, seguimos en nuestras conferencias sobre ecosistemas de innovación, y afuera, el viento sigue soplando hacia la salida.

No podemos seguir confundiendo narrativa con realidad. El emprendimiento puede ser parte de la solución, pero primero tenemos que resolver lo básico. Y lo básico, en este país, no está resuelto.

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