Uruguay invierte en formar programadores mientras las empresas compran IA para reemplazarlos. La brecha entre la educación tech que ofrecemos y el mercado laboral que realmente existe es cada vez más profunda. ¿A quién le estamos haciendo un favor?
En los últimos meses, Uruguay ha apostado fuerte a la formación en tecnología. Becas en ciberseguridad, bootcamps de desarrollo Full Stack con IA, cursos acelerados que prometen salidas laborales garantizadas. El mensaje es claro: aprendé competencias tech, y conseguí trabajo. Suena lógico. Suena esperanzador.
El problema es que mientras formamos gente en desarrollo de software, las empresas están comprando herramientas de IA que hacen exactamente eso. Y lo hacen más rápido, más barato, y sin preguntar por un salario.
No estamos siendo dramáticos. Hace poco, un desarrollador senior en una startup porteña le contaba a alguien de esta redacción que dejó de contratar (al menos por ahora) cuando decidió incorporar a su equipo una IA especialmente hábil en programación. La compañía ahorró una considerable suma en salarios. ¿Y qué tal la performance de esa nueva incorporación? Está capacitándose continuamente, a una velocidad que es imposible de igualar por una persona.
La brecha que nadie quiere reconocer
Uruguay está invirtiendo recursos públicos y privados en formar programadores justo cuando la demanda de programadores está colapsando. No desaparece, claro; pero se transforma. Y no hacia “más empleo”, sino hacia “empleo diferente”.
Las empresas no buscan un desarrollador junior que quizá tarde semanas en entregar una feature. Buscan alguien que sepa prompt engineering, que entienda cómo integrar modelos de IA a sistemas existentes, que pueda supervisar el código que Claude (o la IA de su preferencia) genera. No es lo mismo. Y la mayoría de los bootcamps todavía están enseñando lo primero.
Esto no es culpa de quienes ofrecen, con la mejor voluntad, cursos accesibles o becas, claro está. Es que estamos todos navegando a ciegas. La educación tech en Uruguay se diseña asumiendo que el mercado laboral de 2026 se va a cristalizar por meses (porque posiblemente ya nadie sea tan ingenuo como para pensar que lo hará por años). Es un supuesto peligroso.
El efecto Goodhart en la formación profesional
Hay una ley en economía llamada “Ley de Goodhart”: cuando una medida se vuelve objetivo, deja de ser una buena medida. Aplicado a esto: cuando “formar en tech” se vuelve el objetivo de los programas de becas, dejamos de preguntarnos si esa formación va a servir para algo en serio.
Decenas de becas en bootcamps. Bien. Pero ¿cuántas de esas personas van a conseguir trabajo como programador en seis meses? La experiencia demuestra que muchos de quienes se embarcan en ese proceso son personas que buscan una reconversión laboral, lo cual sugiere que su carrera anterior no funcionó. ¿Y ahora les metemos dos meses de bootcamp y esperamos que se conviertan en desarrolladores competitivos?
No es imposible, pero es optimista. Especialmente cuando el mercado global está diciendo que ya no necesita tantos desarrolladores junior.
¿Qué deberíamos estar enseñando entonces?
La verdadera oportunidad está en otro lado. No en “aprender a programar”, sino en “entender cómo trabaja la IA, cómo integrarla, cómo supervisarla, qué rompe cuando la usás mal”. Es menos “escribí código” y más “administrá una herramienta compleja que ya existe”.
También está en lo que la IA todavía no puede hacer bien: pensar críticamente sobre problemas de negocio, entender contextos locales, diseñar soluciones para mercados pequeños. Eso requiere visión más amplia que “aprendé Python”.
Uruguay tiene una oportunidad extraña: es lo suficientemente pequeño como para ser ágil, pero lo suficientemente conectado como para competir globalmente. Eso no se resuelve con más bootcamps de programación. Se resuelve con educación que prepare gente para trabajar con IA, no contra ella, y no creyendo que la IA no existe.
El elefante en la habitación
Mientras tanto, los gobiernos y las instituciones siguen el manual de 2019. Hablan de “economía del conocimiento” y “startups tech” como si fueran las soluciones mágicas. Y sí, pueden serlo. Pero no si estamos formando gente para un mercado laboral que está desapareciendo mientras lo hacemos.
No decimos que haya que dejar de formar en tecnología: todo lo contrario. Decimos que hay que ser honestos sobre qué tipo de tecnología, para qué, y con qué expectativas.
Porque lo que pasa después es más difícil que entrenar: es lidiar con la frustración de alguien que invirtió tiempo y esperanza en un bootcamp, consiguió un trabajo junior a un salario que no cierra, y descubre que en tres meses su rol fue automatizado.
Eso no es innovación. Es esperanza mal colocada.



