Directivas de Zarasa y Moovx advierten que, sin un objetivo claro de negocio, la inteligencia artificial corre riesgo de quedar en pilotos eternos sin impacto, en un país que combina buena madurez digital con falta de talento especializado.
La inteligencia artificial dejó hace rato de ser un tema exclusivo de los laboratorios tecnológicos y los departamentos de sistemas. En Uruguay, cada vez más empresas exploran cómo incorporar estas herramientas a su operación diaria, pero el desafío ya no pasa por “tener IA”, sino por saber para qué la quieren.
Esa es la advertencia que hacen ejecutivas de Zarasa y Moovx, dos compañías tecnológicas uruguayas con proyectos en el exterior, que alertan sobre el riesgo de encarar la IA como una moda corporativa más. Sin una definición precisa del problema de negocio, resumen, los proyectos terminan convertidos en pruebas de concepto costosas que nunca llegan a transformar la organización.
“Hoy las empresas no necesitan más software, necesitan criterio y visión”, explica Verónica Manassi, directora de Negocios de Moovx, en diálogo con la prensa. Según la ejecutiva, el valor no está en sumar otra herramienta a la pila tecnológica, sino en conectar estrategia, datos, operaciones y tecnología para mover realmente la aguja de los resultados.
Del otro lado, Montserrat Möller Eugui, gerente general de Zarasa, pone el foco en la cultura organizacional. A su entender, uno de los principales frenos no es técnico, sino humano: persisten temores a que la IA “quite trabajo” y, al mismo tiempo, falta un convencimiento genuino sobre por qué se impulsa cada cambio. Para que los proyectos prosperen, sostiene, es clave explicar que estas tecnologías descargan tareas repetitivas y permiten revalorizar el trabajo más analítico y creativo.
Ambas ejecutivas coinciden en que, en los próximos años, la IA tendrá impacto directo en tareas administrativas, gestión de contratos, investigación de mercado, planificación de proyectos y desarrollo de software. Sin embargo, subrayan que el diferencial competitivo seguirá estando en el componente humano: la capacidad de formular buenas preguntas, interpretar los resultados y tomar decisiones con criterio.
En este contexto, Uruguay parte de una base sólida. El país cuenta con una estrategia nacional de IA, un ecosistema tecnológico reputado en la región y un tejido empresarial que, en general, ya atravesó etapas de automatización básicas. Para Möller Eugui, la “madurez digital” local es mayor que la de varios mercados latinoamericanos, donde muchas compañías aún están en fases iniciales.
El talón de Aquiles, sin embargo, sigue siendo la captación y retención de talento especializado. La competencia global por perfiles en ciencia de datos, machine learning y desarrollo de soluciones basadas en IA presiona a las empresas uruguayas, que buscan balancear salarios competitivos, capacitación continua y calidad de vida para no perder profesionales. Distancias geográficas y acceso a ciertos mercados también aparecen como obstáculos a sortear.
Los estudios sobre el mercado laboral confirman que la discusión recién empieza. Informes recientes señalan un fuerte crecimiento de vacantes ligadas a IA y agentes inteligentes, al tiempo que crece la percepción de que estas herramientas beneficiarán más a las empresas que a los trabajadores si no se acompaña con políticas de formación y reconversión.
En ese escenario, la clave parece estar menos en preguntarse si conviene adoptar IA y más en definir cómo hacerlo de manera responsable y sostenible. Para las empresas uruguayas, el desafío es doble: evitar que la IA se quede en la superficie de la moda tecnológica y, al mismo tiempo, aprovechar el buen posicionamiento del país para construir soluciones que resuelvan problemas reales, con personas preparadas en el centro de la transformación.



