En un mundo atravesado por sistemas, métricas y herramientas inteligentes, ejecutar se volvió una forma aceptable de descanso. Esta columna reflexiona sobre la delegación del criterio, el alivio de no decidir y el costo silencioso de abandonar la incomodidad de pensar.
Hay una verdad incómoda que se dice en voz baja, casi inaudible (no sea cosa de cansarse): pensar agota. No pensar “en abstracto”, sino pensar de verdad. Evaluar opciones, sostener dudas, asumir que una decisión puede salir mal. Pensar implica exponerse. Y, sobre todo, hacerse cargo.
Ejecutar, en cambio, alivia.
En un mundo cada vez más mediado por sistemas, métricas y herramientas inteligentes, ejecutar se volvió una forma elegante de descanso. No porque sea más fácil en términos técnicos, sino porque reduce la carga simbólica de decidir. Cuando alguien o algo ya trazó el camino, lo único que queda es avanzar. Y avanzar, aun cuando no estemos del todo convencidos, suele sentirse mejor que quedarse detenidos dudando.
La inteligencia artificial no inventó este fenómeno, aunque lo aceleró. Hoy abundan los contextos donde el pensamiento crítico es reemplazado por indicaciones suaves: sugerencias, recomendaciones, rankings, dashboards, prompts. No hay órdenes explícitas. Hay caminos optimizados. Y seguirlos parece razonable.
El problema no es usar herramientas. El problema aparece cuando pensar empieza a percibirse como una fricción innecesaria. Cuando cuestionar el resultado se vive como una pérdida de tiempo. Cuando disentir se vuelve incómodo, no por falta de argumentos, sino por falta de energía.
Ejecutar alivia porque traslada la responsabilidad. Si algo sale mal, siempre hay un sistema, un proceso, un modelo detrás. Pensar, en cambio, no permite esconderse. Pensar obliga a decir “esto lo decidí yo”, aun sabiendo que la decisión era imperfecta.
En muchos ámbitos laborales esto se volvió evidente. Profesionales altamente capacitados que ya no opinan, sino que implementan. No porque no tengan criterio, sino porque el entorno recompensa la eficiencia por sobre la reflexión. Cuestionar ralentiza. Dudar no escala. Pensar no siempre suma puntos.
Así, la inteligencia artificial termina funcionando menos como cerebro externo y más como coartada cómoda. “El sistema sugiere”, “los datos indican”, “el modelo recomienda”. Frases que suenan objetivas, aunque detrás haya elecciones humanas previas: qué medir, qué priorizar, qué descartar.
Pensar cansa porque no ofrece garantías. Ejecutar alivia porque promete orden. Aunque ese orden sea frágil. Aunque esté construido sobre supuestos que nadie revisa.
El riesgo no está en automatizar tareas, sino en automatizar el criterio. En acostumbrarnos a que decidir sea una molestia a evitar. En confundir rapidez con claridad, y coherencia con verdad.
Quizás el mayor desafío contemporáneo no sea aprender a usar inteligencia artificial, sino no perder la tolerancia a la incomodidad de pensar. Sostener el espacio donde la respuesta no es inmediata. Donde la eficiencia no resuelve todo. Donde la duda sigue siendo una herramienta válida.
Porque ejecutar puede aliviar, sí.
Pero pensar, aunque canse, sigue siendo la única forma de no delegar por completo quiénes somos y cómo decidimos.



