La serie Pluribus no habla tanto de tecnología como de algo más incómodo: la tentación de dejar de pensar en soledad. A partir de la idea de una mente colmena, esta columna reflexiona sobre inteligencia artificial, responsabilidad diluida y el precio silencioso de delegar criterio.
No todas las series de ciencia ficción hablan del futuro. Algunas, en cambio, funcionan como espejos mal iluminados: no muestran lo que viene, sino lo que ya está ahí, aunque preferimos no mirar de frente. Pluribus pertenece a esa categoría incómoda. No por lo que imagina, sino por lo que insinúa.
En Pluribus la mente colmena puede interpretarse como una advertencia tecnológica. Un futuro exagerado, distante, casi tranquilizador por su carácter de ficción. Algo que “todavía no”.
Sin embargo, esa lectura tiene una ventaja peligrosa: nos deja afuera de la escena.
Porque la mente colmena que propone la serie no necesita una inteligencia artificial autónoma, consciente ni rebelde. No necesita máquinas que piensen por nosotros. Le alcanza con algo mucho más sencillo, y mucho más cercano: personas dispuestas a ceder criterio a cambio de alivio.
La inteligencia artificial, por más sofisticada que sea, no decide valores. Ejecuta funciones. La colmena, en cambio, emerge cuando los valores se licúan, cuando nadie quiere cargar con el peso de elegir, cuando la fricción de pensar se vuelve molesta. Allí aparece el nosotros como refugio. Y el refugio, cuando se vuelve cómodo, empieza a parecerse demasiado a una coartada.
En la serie, la colmena no se impone: se vuelve deseable. Promete orden donde había ruido, coherencia donde había conflicto, eficiencia donde había demora. El problema no es la promesa. El problema es el precio, que rara vez se explicita: menos disenso, menos desvío, menos incomodidad.
No es casual que hoy hablemos tanto de inteligencia artificial y tan poco de responsabilidad humana. Delegamos decisiones en sistemas, métricas, tendencias, consensos implícitos. No porque alguien nos obligue, sino porque el desgaste de sostener una postura propia empieza a parecer excesivo. Pensar cansa. Dudar agota. Discrepar aísla.
La colmena (y no hablamos aquí de la de la serie) no necesita unanimidad explícita. Funciona mejor con alineamientos suaves. Likes. Rankings. Recomendaciones. Señales de aprobación que indican, sin decirlo, por dónde conviene ir. El que se corre demasiado no es expulsado. Simplemente deja de aparecer.
Es allí donde está el verdadero parentesco inquietante entre la mente colmena y nuestro presente: no en la tecnología, sino en la normalización del pensamiento asistido. No pensamos menos porque una máquina nos reemplace. Pensamos menos porque aceptar la corriente es más liviano que nadar contra ella.
La inteligencia artificial no es el cerebro de la colmena. Es su excusa perfecta. Nos permite decir “el sistema decidió”, “el modelo sugiere”, “los datos indican”, como si los datos no fueran, en última instancia, una sedimentación de decisiones humanas previas. Como si la neutralidad existiera fuera de los discursos.
Pluribus incomoda porque no muestra villanos claros. No hay un antagonista fácil. La colmena no es malvada. Es funcional. Y esa funcionalidad la vuelve seductora. El peligro no está en que alguien controle el todo, sino en que nadie quiera hacerse cargo de la parte.
Tal vez por eso la pregunta central no sea si la mente colmena es inteligencia artificial.
La pregunta real es otra:
cuántas decisiones estamos dispuestos a dejar de pensar para no sentirnos solos en ellas.
(Y si, cuando despertemos, todavía vamos a saber distinguir entre consenso y anestesia).



